TORTILLA SOUFFLE

Se reunieron, hace años, unos veinte médicos a comer en mi casa. Al servir el postre, quise redondear el
éxito obtenido con la comida y preparé una Tortilla Souffle, adornándola con preciosos dibujitos por
encima.

Ordené que pusieran un pasadoble torero en el tocadiscos. Al momento de sonar los primeros compases,
apago las luces del comedor y, después de haber rociado la tortilla con abundante coñac y prendido
fuego, salgo, todo eufórico y con paso marcial y torero, al comedor.

Como éste se hallaba completamente a oscuras, no se veia más que el fuego que despedía el coñac al
arder. Una de las camareras, nerviosa como estaba, empujo una silla que, a su vez, empujó a otra que
se colocó, justo, por donde yo tenía que pasar.

Y, claro, pasó lo que ustedes imaginan. ¡Cataplúm! ¡Chim! ¡Pum! caí de bruces al suelo, pero no así el
soufflé que pude mantenerlo en su posición. Me levanté, habían encendido las luces al oir el ruido y,
como si no hubiera pasado nada, puse sobre la mesa el postre aún ardiendo.

Todos los doctores presentes coincidieron en manifestar, y yo me guardé muy bien de desmentirles, lo
siguiente:

-Hay que ver el teatro que echa Castillo a la cosa con tal de cobrar más.

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